Educar para la Paz
La palabra Paz

Violencia

Paz Negativa y Positiva

Interrelación
educar / paz

Educació;n para la paz

La Paz

El doble nacimiento de la educación para la paz

Investigación, educación y acción

Un intento de sí;ntesis

La lucha contra el conformismo
De acuerdo con la investigación para la paz, la definición de paz debe poner de manifiesto que ésta tiene una naturaleza política, o lo que es lo mismo: debe tener en cuenta tanto el poder como las necesidades humanas. Una definición de ese tipo, vinculada a la educación para la paz, es la que ofrece Birgit Brock-Utne a partir de una propuesta inicial de Mario Borelli: «por paz se entiende la ausencia de violencia en cualquier sociedad, dentro o fuera de ella, tanto en forma directa como indirecta.

Además, ha de entenderse también la consecución noviolenta de la igualdad de derecho, mediante la cual cada miembro de esa sociedad, a través de medios noviolentos, participa de forma igualitaria en el poder de decisión que la regula y en la distribución de los recursos que la sostiene».

Si interrelacionamos ahora los campos semánticos de «educar» y «paz», en sentido positivo, podríamos caracterizar inialmente la educación para la paz de acuerdo con los siguientes rasgos:

a) presupone tomar partido en el proceso de socialización por valores que alienten el cambio social y personal.

b) cuestionarse al propio acto educativo, alejándose de la concepción tradicional, bancaria según la expresión de Freire, de la enseñanza como algo meramente transmisivo en el que el alumno es mero recipiente sobre el que trabaja el maestro-verdad.

c) poner el énfasis tanto en la violencia directa como en la estructural, facilitando la aparición de estructuras poco autoritarias, no elitistas, que alienten la participación critica, la desobediencia, el autodesarrollo y la armonía personal de los participantes.
d) luchar contra la violencia simbólica, estructural, presente en el marco escolar.

e) intentar que coincidan fines y medios. Se trata de llegar a contenidos diferentes a través de medios distintos, haciendo del conflicto y del aprendizaje de su resolución noviolenta punto central de actuación.

f) combinando ciertos conocimientos sustantivos con la creación de una nueva sensibilidad, de un sentimiento empático que favorezca la compresión y aceptación del «otro».

g) prestar tanta atención al currículum explicito como al currículum oculto a la forma de organizar la vida en la escuela. Como se sabe, el tener que enfrentarse día a día y durante una serie de años a los expectativas y rutinas institucionales de la escuela supone una enseñanza y un aprendizaje tácito de normas, valores, hábitos y disposiciones. Este ha de ser coherente con los contenidos manifiestos. La tolerancia, la participación, la empatía, la solidaridad y demás valores «alternativos» deben vivirse con el ejemplo.

Se trata, en suma, de aprender a pensar y a actuar de otra manera, algo que supera el mero discurso moral del «no os peléis», «sed buenos», que va más allá del llamamiento genérico contra la guerra («la guerra es mala»), que no plantea la paz como algo quimérico, sino como un proceso por el que irá pasando de la desigualdad a la igualdad, de la injusticia a la justicia, de la indiferencia al compromiso.

Como señaló Magnus Haavelsrud no hay educación para la paz si todo se queda en meras palabras, si no hay acción práctica, si el/la enseñante decide casi totalmente lo que ha de aprenderse y cómo, si no se sustituyen las estructuras de dominación por estructuras más igualitarias, si no hay estrategia de cambio y si, por el contrario, se da una aceptación acrítica de ciertos contenidos más o menos oficiales. En suma, hay que combinar investigación, educación y acción.

Así las cosas, parece claro que la educación para la paz tiene muchos puntos en común con parte de la tradición de renovación pedagógica y aun con los diversos procedimientos de personalización de la educación. Veamos pues, brevemente, su origen, lo que puede denominarse su «doble nacimiento»