Educar para la Paz
Educación para la paz

La Paz

El doble nacimiento de la educación para la paz

Investigación, educación y acción

Un intento de síntesis

La lucha contra el conformismo
EDUCAR PARA NO ESTAR EN PAZ
El cuadro de Young descansa en una distinción conceptual entre la educación sobre la paz y la educación para la paz. La primera se contenta con transmitir contenidos sobre la situación internacional, el desequilibrio Norte-Sur, la carrera de armamentos, el peligro nuclear, los movimientos por la paz, etcétera, sin cuestionar necesariamente la forma de transmitirlos ni su relación con el duro aprendizaje del oficio de vivir o el autoconocimiento y enriquecimiento personal.

La segunda, por el contrario, considera, como hemos visto anteriormente, inseparable la forma y el contenido. De ello se deriva que la educación para la paz debe combinar la enseñanza/aprendizaje de destrezas (cooperación, pensamiento crítico, empatía, ..., conocimientos (los propios de la educación sobre la paz) y actitudes (autorespeto, compromiso con la justicia, respeto por los demás, ...

Desde el punto de vista metodológico, a la coherencia entre fines y medios y al compromiso con la acción, requisitos de los que nos hemos ocupado, debería añadir la interdisciplinariedad
(que en el marco escolar supone huir de la asignaturización), aprendizaje vivenciado y relación entre el micro y el macronivel.

Eso, sin embargo, puede hacerse de formas diferentes. Una de ellas prima el enfoque intimista, que entiende la educación para la paz como pacificación, desarrollo personal, que aleja a los seres humanos de los conflictos e intenta transmitir mensajes meramente moralistas. Es una concepción, por lo demás, generalmente, con la mejor voluntad, entre enseñantes e incluso alumnos, como muestran sus definiciones de paz («no hay que discutir», («paz es no pelearse y quererse mucho», ...)

Otra, a la que responde de hecho la opción de fondo del que os habla y los compañeros y compañeras del Seminario para la paz de la Asociación Pro-Derechos Humanos, es la conflictual, que parte de la siguiente paradoja: la paz es tensión, conflicto. Veámosla con mayor detalle.

LUCHAR CONTRA EL CONFORMISMO
La idea de educar contra el conformismo, para la desobediencia está profundamente arraigada en la filosofía y práctica noviolenta. Como ya señalara Etienne de la Boétie en el siglo XVI (El discurso de la servidumbre voluntaria), sin la obediencia y complicidad tácita de los gobernados no podría ejercerse ningún tipo de poder, ni siquiera la tiranía.

Diversos episodios de nuestra historia reciente (la colaboración científica en la construcción de la bomba atómica, el exterminio de judíos, los asesinatos y desapariciones en la dictadura militar argentina o la venta de armas a los paises de oriente medio, por ejemplo, se han justificado por algunos de sus protagonistas merced a la obediencia, al cumplimiento del deber. Piénsese, por ejemplo en Eichmann, o en los militares que invocan la «obediencia debida».

Como mostró el psicólogo social S. Milgram, algunas de las características que más apreciamos en las personas -lealtad, disciplina, capacidad de autosacrificio- posibilitan también los mecanismos de exterminio y de destrucción al ligar a los hombres a sistemas de autoridad, a estructuras institucionales que provocan la «banalización del mal» o pérdida de humanidad.

De igual forma, la actitud que fomenta la guerra no es la agresividad, sino el instinto gregario, el conformismo, la pasividad con que se aceptan los conflictos armados y las órdenes del Estado de participar en ellos.

Por consiguiente, la educación orientada a acabar con las guerras ha de combinar la capacidad de rebeldía, la disidencia y el espíritu crítico y, a la vez, la capacidad de resolver y/o regular los conflictos por métodos incruentos. Para ello hay que hacer aflorar los conflictos en la educación, incluso generarlos. Conflicto no equivale a violencia; al contrario, el conflicto es un componente básico de la vida social de los seres humanos. la violencia, sin embargo, supone ruptura, negación del conflicto, por considerarlo inaceptable, supone, en suma, optar por resolverlo de forma destructiva.

Puesto que la capacidad humana de relacionarse positivamente con los diferentes tipos de conflictos presentes en la vida humana no se desarrolla de hoy para mañana es necesario un aprendizaje, incluso escolar; de ahí la importancia de educar para no estar en paz. La mejor expresión de lo que he sugerido procede de un contexto escolar, es probablemente el célebre texto de Dom Milani La obediencia ya no es una virtud, edición conjunta de la «Carta a los capellanes castrenses» fruto de la lectura de un suelto periodístico en que se informaba que éstos habían considerado la objeción de conciencia un insulto a la Patria - y la «Carta a los jueces», alegato de defensa de Milani en el juicio que provocó la epístola anterior:

«Yo no puedo decir a mis muchachos que el único modo de amar la ley es obedecerla. Lo que puedo decirles es que deberán tener las leyes de los hombres en tal consideración que deberán observalas cuando sean justas (es decir, cuando sean la fuerza del débil). Cuando por el contrario vean que no son justas (es decir, cuando sancionen el abuso del fuerte) deberán luchar para cambiarlas (...)

Hay que tener el valor de decir a los jovenes que todos somos soberanos, con los cual la obediencia no es ya una virtud, sino la más engañosa de las tentaciones; que no crean poder escudarse con ella no ante los hombres ni ante Dios; que es preciso que cada uno se sienta el único responsable de todo».