Espiral de violencia
Cuando miramos la Tierra...

La violencia atrae a la violencia

Y la represión termina por llegar...

La violencia atrae a la violencia

Nadie ha nacido para ser esclavo. A nadie le gusta padecer injusticias, humillaciones, represiones. Una criatura humana condenada a vivir en una situación infrahumana se parece a un animal -un buey, un asno- que se revuelca en el barro.
Pero el egoísmo de algunos grupos privilegíados encierra a multitud de seres humanos en esa condición infrahumana, donde padecen represiones, humillaciones, injusticias; viviendo sin ninguna perspectiva sin esperanza, con todas las características de los esclavos.

Esta violencia instalada, institucionalizada, esta violencia número uno atrae a la violencia número dos: la revolución, o de los oprimidos, o de la juventud decidida a luchar por un mundo más justo y más humano.

Ciertamente entre continente y continente, entre país y país entre ciudad y ciudad se dan variantes diferencias, grados, matices en lo que respecta a la violencia número dos.

Hoy los oprimidos del mundo están abriendo los ojos.

Las autoridades y los privilegiados se alarman ante la presencia de agentes exteriores a quienes ellos llaman «elementos subversivos», «agitadores», «comunistas».

En ocasiones, se trata incluso de personas comprometidas con ideologías de extrema izquierda que luchan por la liberación de los oprimidos, habiendo optado por la violencia armada para llevar a cabo esta liberación. Otras veces, se trata de personas que, movidas por un sentimiento ético y/o religioso, no soportan ver cómo la cultura dominante se instala en las mentes de los seres humanos y los convierte en seres pasivos o como mucho fatalistas, y/o la religión se interpreta y se vive como un opio del pueblo, como una fuerza alienada y alienante, y desean que la se ponga al servicio de la promoción humana de aquellos que yacen en condiciones infrahumanas.

Las autoridades y los privilegiados miden por el mismo rasero a ambos grupos. Para ellos, cuantos en nombre de la religión -eclesiásticos y seglares- trabajan para implantar reformas desde la base, para provocar el cambio de las estructuras, han abandonado la religión por la política, caen en el izquierdismo, o, al menos, son ingenuos que preparan el camino al comunismo.

Ante esta actitud, caben dos respuestas.

Las autoridades y los privilegiados se imaginan que sin la presencia de «agitadores», los oprimidos seguirían con los ojos cerrados, en actitud pasiva, sin reaccionar. Hoy, con todos los medios de transporte y todos los medios de comunicación social de que disponemos -entre ellos el transistor-, es ridículo pensar que se puede evitar que las ideas den la vuelta al mundo y que las informaciones lleguen a todas partes.

El anticomunismo monolítico y obsesivo, además, es responsable de muchos absurdos, el primero de los cuales es la transigencia con injusticias con las que no nos enfrentamos por temor a que si lo hiciéramos, se «abriría quizá la puerta al comunismo».

Allí donde las masas de los oprimidos tienen una cierta posibilidad de acción directa, se comprometen en agitaciones más o menos profundas, agudas y prolongadas.

Pero cuando caen en una especie de fatalismo al faltarles la esperanza, o cuando la reacción demasiado violenta les yugula en un instante, entonces es la juventud la que se pone en pie.

La juventud no tiene paciencia para estar esperando que los privilegiados se despojen de sus privilegios.

Con mucha frecuencia, la juventud ve a los gobiernos demasiado ligados a las clases privilegiadas.

La juventud pierde su confianza en las iglesias que dan a luz doctrinas muy hermosas textos monumentales, conclusiones grandilocuentes pero sin haberse decidido, al menos hasta el presente, a encarnarlas en la vida real.

La juventud, entonces, se hace cada día más radical y deriva hacia la violencia.

En algunos lugares, la juventud sólo es idealismo, llama, hambre de justicia, sed de autenticidad. En otros lugares, conservando el entusiasmo, la juventud se compromete con ideologías extremistas y se prepara para las «guerrillas» urbanas o rurales.

Si algún rincón del mundo sigue estando tranquilo, pero con una tranquilidad basada en la injusticia -tranquilidad de las charcas en cuyo seno se están fraguando fermentaciones venenosas-, es seguro que se trata de una serenidad engañosa, llena de mentira.

La violencia atrae a la violencia. Repitámoslo sin miedo y sin pausa: las injusticias atraen la revolución, o de los oprimidos, o de la juventud decidida a luchar por un mundo más justo y más humano.